Mié. Feb 21st, 2024

Colette Rabaté y Jean-Claude Rabaté conforman un peculiar matrimonio donde, en vez de hablar de la factura de la luz o sobre dónde van a irse de vacaciones, las conversaciones desde el desayuno orbitan en torno a la poesía de Miguel de Unamuno o sobre cuál fue el papel de Eduardo Ortega y Gasset durante la oposición a Primo de Rivera. La pareja de sabios franceses ha consagrado su vida a la búsqueda de nuevos datos sobre Unamuno, uno de esos conocidos muy desconocidos. «No era un hombre perfecto, pero tenía una gran lucidez acerca de la historia y era el mejor comentarista de la situación de España. Su obra periodística está totalmente olvidada, siendo el único escritor en España que no tiene sus obras completas reunidas», defiende Jean-Claude Rabaté, que pone la pasión en un dúo donde ella es la síntesis. «Voy al grano. Y él, tan apasionado, va dando rodeos», resume la francesa.

La última investigación de los Rabaté se centra en la rivalidad íntima que vivió el pensador vasco con el dictador Miguel Primo de Rivera y que le llevó al exilio en París en condiciones desesperadas. «Tuvo que hacer muchos sacrificios y vivir en un hotel modesto de París mientras temía por su familia y su situación económica. Sí, es cierto que aprovechó su estancia en París para que su obra cobrara dimensión internacional, pero en varias cartas dijo que se sentía amenazado de muerte», relata Jean-Claude. Su esposa considera incompleto el título que ha escogido la editorial para la nueva obra, ‘Unamuno contra Miguel Primo’ (Galaxia Gutenberg), pues la lucha en favor de la libertad también se extendió contra el Rey Alfonso XIII al que culpaba del desastre de Annual y calificaba de «habsbúrgico» por reaccionario.

«Unamuno fue un hombre tolerante hasta hasta el final, pero insultaba mucho. Reivindicaba el derecho a insultar para combatir la tiranía», recuerda. Al dictador, además de ‘ganso real’, le decía tonto de capirote, botarate, mastuerzo, monstruoso crío, pavo real o macho cabrío.

La obra combate algunos mitos recurrentes sobre el autor de ‘Del sentimiento trágico de la vida’, empezando por quienes le presentan como un llanero solitario y poco comprometido con la política. «Unamuno era escritor, pensador y filósofo, pero también fue un político, aunque no le gustara estar adscrito a un partido. Durante la dictadura fue motor de la oposición y se comportó verdaderamente como un político», resume Colette sobre unos núcleos de resistencia que anticiparon la república.

Colette Rabaté recuerda que si Unamuno pudo llevar a cabo esta batalla contra el régimen fue, en gran parte, por la cobertura moral que le dio su mujer Cocha, «un importante factor de resistencia. Me gustaría hacer una biografía de ella porque quien en Salamanca lo arregla todo es ella. Una mujer que no solo era una ama de casa que tuvo nueve hijo, sino que ayudaba a su marido con su correspondencia y fue su respaldo moral en los momentos complicados que vivió».

El patriotismo testicular

Desde el segundo uno de la dictadura, cuando aún otros intelectuales daban margen de duda a Primo de Rivera, Unamuno entendió el peligro que suponía para la libertad de expresión. «Cierran el Ateneo, que era el templo de la cultura en España; cierran las universidades y atacan a los catedráticos… Dice Unamuno que era la vuelta de la Inquisición: los españoles delatando al vecino. ¡Tremendo! Una vuelta a la Edad Media o por lo menos a lo peor del siglo XIX», describe Jean-Claude Rabaté sobre los engranajes de una dictadura obsesiona con la propaganda y con camuflar tras la imagen de hombre campechano a un militar de mano dura.

«No pudo soportar la falta de libertad. Había sufrido durante toda su vida la censura militar y, además, el personaje no le gustaba. Intentando acercarme a la psicología del personaje, diría que lo que más le irritaba era la mentira y todos los chanchullos de la política. No podía soportar que el Rey y el dictador engañaran al pueblo. No en vano, siempre nos hemos preguntado por qué no reaccionó de la misma manera en el 36 y la respuesta es que a Primo de Rivera ya lo conocía de antes», reflexiona la coautora de ‘Unamuno contra Miguel Primo de Rivera’.


Primo de Rivera (abajo a la izquierda) junto a Alfonso XIII.


ABC

Si bien en el 36 la mitad del Ejército era republicano y la sociedad estaba fracturada, en el 23 el respaldo a Primo de Rivera fue gigante, con la gente echada a las calles de Barcelona aplaudiendo y entusiasmada con el cambio. La dictadura puso en marcha un aparato de propaganda destinado a cantar las virtudes del orden militar frente al desorden de los librepensadores. Primo de Rivera estaba tan obsesionado con lo que se escribía de él que sobornaba a la prensa dentro y fuera del país. «Gastó mucho dinero en espías, en influir en periódicos de toda Europa y hasta en intentar penetrar en América Latina. Una especie de Goebbels más pacífico, pero con un lavaje de cerebro tremendo», expone Jean-Claude.

Tanto el Rey, al que se le atribuye el famoso telegrama al general Silvestre de ‘Ole ahí tus cojones’ que incitó el desastre de Annual, como el dictador y su camarilla mostraban una actitud y lenguaje inyectado de testosterona que irritaba al pensador. «No podemos decir que fuera feminismo, pero estaba en contra de ese machismo y esa forma de expresarse. Era lo que él llamaba un patriotismo testicular similar al del tipo este que dio un beso a la futbolista española. Esa larga tradición…», bromea el autor francés.

«No podemos decir que fuera feminismo, pero estaba en contra de ese machismo y esa forma de expresarse»

Con todo, el pensador estaba convencido de que el militar andaluz era de los que «disparaban y luego apuntaban», esto es, que era un tonto útil para quienes realmente seleccionaba las presas por él. El nombre clave para la correspondencia de Unamuno era Severiano Martínez Anido, el que fuera gobernador civil de Barcelona, «el mayor verdugo de España, en palabras suyas, un general totalmente desconocido que realizó una represión gigante en los años 20», defiende Jean-Claude, que destaca que este «personaje estaba para Unamuno delante de todo y era quien mandaba verdaderamente». En los próximos años la pareja de investigadores espera demostrar la participación del militar en esta y otras conspiraciones claves de la época.


Colette y Jean-Claude Rabaté.


Isabel B Permuy

A pesar del enorme precio que pagó por su pulso con el dictador, Unamuno no tuvo problemas años después para reunirse con el heredero de este, José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange, y hasta en asistir a su mitin en Salamanca. «Es muy propio de él. Se olvidó del padre y vio al personaje. Es una forma de tolerancia donde le interesaba escuchar a las personas antes que las ideas, aparte de que para él lo peor es el resentimiento, que solo produce odio, deseo de vengarse y que desemboca en las guerras civiles», señala Colette. Según se rumoreó en la época, aquel acercamiento puntual al líder falangista le costó el Premio Nóbel de Literatura en 1935, un reconocimiento que nunca llegó a recibir.

Un instante

La película ‘Mientras dure la guerra’, de Alejandro Amenábar, y el documental ‘Palabras para un fin del mundo’, de Manuel Menchón, han colocado la figura del escritor en la primera línea pública en los últimos años. El matrimonio Rabaté celebra que más de dos millones de españoles se hayan acercado gracias a estas ficciones, aunque lamenta que toda su biografía haya quedado reducida al famoso incidente en Salamanca con Millán Astray.

«No se puede reducir la obra de Unamuno, que son miles de páginas, millones de palabras, a cuatro palabras que a lo mejor ni pronunció exactamente. Eso sí, no fue una bronca de café, como algunos han dicho, sino el enfrentamiento de las dos ideologías de la Segunda Guerra Mundial. El choque entre el espíritu del 18 de julio y un viento de libertad que durante unos minutos inundó una Universidad de Salamanca tomada por falangistas. Millán Astray representaba la ideología de la España única que pervive hoy en la mente de algunos. Y no podemos hacer charlar a los muertos, pero él hubiera atribuido su pervivencia hoy al analfabetismo, la ignorancia de algunos», concluye Jean-Claude Rabaté.