Jue. Abr 18th, 2024

No hay republicanos moderados en la Cámara de Representantes. Claro, en privado, algunos miembros se muestran horrorizados por las opiniones de Mike Johnson, el nuevo presidente. Pero lo que piensen en la intimidad de sus mentes no es importante. Lo que importa es lo que hacen, y todos y cada uno de ellos han apoyado la elección de un extremista radical.

De hecho, la mayoría de las personas –creo que incluso los periodistas políticos–no son plenamente conscientes de que Johnson es más extremista de lo que imaginan.

Gran parte de la información sobre el republicano se ha centrado, comprensiblemente, en su papel en los esfuerzos para anular las elecciones de 2020. Permítanme señalar, por cierto, que la expresión “negación de las elecciones”, ampliamente utilizada, es un eufemismo que suaviza y difumina el tema del que estamos hablando. Tratar de mantener a tu partido en el poder después de haber perdido unas elecciones libres y justas, sin la más mínima prueba de fraude significativo, no es solo negación; es una traición a la democracia.

También se ha informado abundantemente de las opiniones conservadoras de Johnson sobre la sociedad, pero no estoy seguro de cuánta gente comprende la magnitud de su intolerancia. Johnson no es solo alguien que quiere legalizar la discriminación contra los estadounidenses LGBTQ y prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo; se tiene constancia de que defiende la criminalización del sexo gay.

Pero el extremismo de Johnson, y del partido que lo eligió, va más allá del rechazo a la democracia y el intento de dar marcha atrás a décadas de progreso social. El nuevo presidente de la Cámara de Representantes también ha defendido un programa económico increíblemente reaccionario.

Hasta su repentino ascenso a presidente, Johnson era un personaje relativamente desconocido. Pero durante un tiempo ejerció la presidencia del Comité de Estudios Republicanos, un grupo que elabora propuestas políticas. Y ahora que Johnson se ha convertido en el rostro de su partido, la gente debería realmente echar un vistazo a la propuesta presupuestaria que el Comité publicó para 2020 durante su presidencia.

Si se leen la propuesta con atención, dejando de lado el lenguaje a menudo evasivo, se darán cuenta de que llama a la supresión de la red de seguridad social estadounidense, no solo de los programas para los pobres, sino también de las políticas que forman la base de la estabilidad financiera de la clase media estadounidense.

Empecemos por la Seguridad Social, para la que el presupuesto insta a aumentar la edad de jubilación, ahora establecida en 67 años, a 69 o 70, con posibles incrementos adicionales conforme vaya aumentando la esperanza de vida.

A primera vista, esto podría parecer plausible. Hasta el enorme descenso provocado por la covid, la esperanza media de vida en Estados Unidos había aumentado de forma constante a lo largo del tiempo. Pero existe una enorme y creciente brecha entre el número de años que los estadounidenses acomodados pueden esperar vivir y la esperanza de vida de los grupos con ingresos más bajos, incluidos no solo los pobres sino también gran parte de la clase trabajadora. Así que elevar la edad de jubilación penalizaría duramente a los estadounidenses menos afortunados, que son precisamente las personas que más dependen de la Seguridad Social.

Luego está Medicare, para el que el presupuesto propone aumentar la edad de elegibilidad “de modo que coincida con la edad normal de jubilación para la Seguridad Social y luego indexar esta edad a la esperanza de vida”. Traducción: aumentar la edad de Medicare de los 65 a los 70 años, y luego seguir aumentándola.

Pero esperen, hay más. La mayoría de los estadounidenses no mayores obtienen un seguro médico a través de sus empresas. Pero este sistema depende en gran medida de políticas que el comité de estudio proponía eliminar. Verán, las prestaciones no cuentan como ingresos imponibles, pero para mantener esta ventaja fiscal, las empresas (en general) deben asegurar a todos sus empleados, en lugar de ofrecer prestaciones solo a las personas con una remuneración elevada.

El presupuesto de la comisión eliminaría este incentivo para una cobertura amplia, reduciendo las deducciones fiscales en las cotizaciones de las empresas y ofreciendo la misma deducción para los seguros adquiridos por particulares. Como consecuencia de ello, algunas empresas se limitarían seguramente a dar dinero en metálico a sus trabajadores mejor remunerados, que podrían utilizarlo para adquirir planes individuales caros, y dejarían de ofrecer cobertura al resto de sus trabajadores.

Y ni que decir tiene que el presupuesto impondría recortes salvajes —tres billones de dólares en una década— a Medicaid, la cobertura sanitaria infantil y los subsidios que ayudan a los estadounidenses con rentas más bajas a costearse un seguro conforme a la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible.

¿Cuántos estadounidenses perderían el seguro de salud con estas propuestas? En 2017, la Oficina Presupuestaria del Congreso calculaba que el intento de Donald Trump de derogar el Obamacare dejaría sin seguro a 23 millones de estadounidenses. Las propuestas del Comité de Estudios Republicanos son mucho más draconianas y de mayor calado, por lo que las pérdidas serían presumiblemente mucho mayores.

De modo que Mike Johnson defiende políticas sobre jubilación, sanidad y otros ámbitos en los que no puedo entrar por falta de espacio, incluidos los cupones de alimentos, que acabarían básicamente con la sociedad estadounidense tal y como la conocemos. Nos convertiríamos en un país mucho más cruel y menos seguro, con mucha más miseria.

Creo que podemos decir que estas propuestas serían enormemente impopulares, si los votantes las conocieran. ¿Pero llegarán a conocerlas?

En realidad, me gustaría ver a algún grupo de enfoque preguntar qué piensan los estadounidenses acerca de las posiciones políticas de Johnson. Esta es mi suposición, basándome en experiencias anteriores: muchos votantes simplemente se negarán a creer que republicanos prominentes, por no hablar ya del presidente de la Cámara de Representantes, defiendan realmente cosas tan terribles.

Pero las defienden ellos y las defiende él. El Partido Republicano se ha vuelto extremista en toda regla, en lo que atañe tanto a las cuestiones económicas como a las sociales. La incógnita ahora es si la opinión pública estadounidense se percatará de ello.

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