Mié. Abr 24th, 2024

El anuncio por parte de los países que forman el bloque BRICS de incorporar a seis nuevas economías tiene implicaciones geoestratégicas, ya comentadas. Que entre los nuevos integrantes estén dos de los países más poblados del mundo (Egipto y Etiopía, con 100 y 125 millones de habitantes, respectivamente) supone que el nuevo grupo de 11 naciones concentrará el 46% de la población mundial. En cuanto a su extensión, supondrá el 36% del total del territorio del planeta. A estas claves geoestratégicas podemos añadir que tres de los seis nuevos miembros (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán) son algunos de los mayores productores diarios de petróleo y gas del mundo. Los BRICS serán responsables del 42% del total de la oferta anual de ambos combustibles y del 50% de las reservas probadas. La ampliación del grupo con candidatos tan heterogéneos desde el punto de vista geográfico, político e histórico es reflejo de la intención de convertirse en una alternativa al bloque conformado por EE UU y las principales democracias liberales. Cabe destacar que ningún país de los BRICS expandido ha impuesto sanciones a Rusia tras la invasión de Ucrania.

De esta ampliación también se derivan consecuencias económicas. La cuota del PIB mundial (en paridad del poder adquisitivo) será menor (32%) que la señalada para la población (46%), territorio (36%) o producción diaria de petróleo (42%); dato relevante porque este grupo está liderado, al menos de forma implícita, por China, quien tiene como objetivo convertirse en la primera potencia económica en 2049. De forma ineludible, esta meta implica lograr que el renminbi sea la moneda de referencia global. Sin entrar a debatir si eso es causa o efecto del liderazgo económico, lo observado con la libra esterlina y con el dólar estadounidense es una clara muestra. Solo una divisa estable permite el crecimiento diferencial del PIB, y si este es, además, sano, deriva en que su moneda se convierta en la referencia mundial.

Sí, una vez más se le repite a un mandatario la famosa frase: “Es la economía”. Ahora es a Xi Jinping, como relata Kevin Rudd en su fantástico libro The Avoidable War. El ex primer ministro de Australia hace un completo análisis de China, añadiendo un componente: un retrato de la personalidad del principal mandatario chino, que sirve para entender su visión del mundo. Y ese es un ejercicio muy recomendable, sobre todo para salir de nuestra “burbuja de filtro”. Solo de esta forma se puede entender lo que significa “el sueño de China”, término que acuñó Xi en 2012, poco antes de convertirse en presidente. Solo así se pueden comprender algunas de las decisiones que ha tomado últimamente. Acaso porque, como señala ­Rudd, Xi Jiping no entiende de economía, pero quienes le rodean le insisten en que, para conseguir su sueño, es imprescindible darle un impulso, con las implicaciones que ello tiene. “Xi no es economista y parece tener una capacidad sorprendentemente limitada de entender cómo funcionan en realidad las economías de mercado. Se siente mucho más cómodo en los ámbitos de la política, la seguridad y las relaciones internacionales”. Pero solo una expansión continuada del PIB le permitirá alcanzar sus objetivos.

Xi Jinping ha lidiado con varios eventos económicos y financieros de gran calado, y no ha salido bien parado. Entre ellos, la devaluación del renminbi en agosto de 2015, que generó un efecto de alarma global porque se puso de manifiesto que se desconocía el impacto de una medida como esta. China ha sufrido las consecuencias de la guerra comercial con EE UU, que tuvo su clímax en el bienio 2018-2019, pero que persiste, ahora con un mayor sesgo tecnológico (por cierto, sobre el retraso de China en la capacidad de diseño y producción de chips, es muy recomendable leer La guerra de los chips, de Chris Miller, recientemente editado en español por Península). China ha tenido que lidiar con la pandemia, cuya mejor gestión en los primeros meses contrasta con una clara peor resolución final. Xi Jinping ha intervenido en los mercados bursátiles, condicionando el beneficio de varias empresas cotizadas o limitando operaciones corporativas y salidas a Bolsa. La pérdida de confianza de los inversores internacionales ante este tipo de intervencionismo, así como la aplicación de criterios de exclusión de aquellos que priorizan criterios ASG en sus carteras, está teniendo un claro impacto sobre la evolución relativa de los índices bursátiles chinos. Estos también están lastrados por las señales de ralentización de la economía y por la amenaza de sufrir una “recesión de balance”. Desde el punto de vista económico y financiero, son muchas las advertencias sobre la incorrecta gestión para alcanzar el gran sueño chino.

El New Development Concept (NDC), ideado por Xi Jinping, no parece estar funcionando para dirigir la economía en una nueva etapa de menor crecimiento del PIB. Este concepto, que se podría resumir como de la cantidad a la calidad, fue acuñado tras la presentación del decimotercer Plan Quinquenal en 2015 y ahora se estaría implantando, ante la constatación de los problemas de crecimiento.

Aquí es donde encajaría la expansión del bloque BRICS que, como hemos comentado, tiene implicaciones geoestratégicas y económicas que van entrelazadas. La ampliación del número de miembros pretende potenciar el papel de las monedas domésticas en el comercio entre sus miembros y con otros países emergentes. Aunque en la cumbre de los BRICS se evitó hablar de desdolarización, el hecho es que limitar la dependencia del dólar es un paso necesario para mitigar la influencia de esta moneda. Reconfigurar la composición del comercio de los BRICS hacia monedas locales no resultaría sencillo. Los últimos datos del FMI reflejan que, en la mayoría de los países del bloque, el dólar es la divisa de denominación de más del 80% de las exportaciones y las importaciones, mientras que las monedas locales apenas alcanzan un 15% (salvo en Arabia Saudí, donde las importaciones en SAR superan el 50%, con datos de 2019). Tratándose de economías abiertas, la exposición a las fluctuaciones del dólar es, por tanto, un elemento clave en el diseño de las políticas monetarias y cambiarias, así como en el control de los desequilibrios macroeconómicos. De ahí que muchos de estos países utilicen la divisa americana como ancla cambiaria.

El renminbi, el mejor candidato dado el volumen mayoritario del comercio bilateral de China, todavía carece de una confianza consolidada de los inversores debido a los controles de capital y la escasa transparencia en las políticas domésticas. A partir de aquí, caben dos opciones: emitir una nueva moneda de uso común entre los, ahora 11, miembros de los BRICS o elegir una ya en circulación. Dada la enorme heterogeneidad de los BRICS, la primera opción parece inviable. La segunda opción, utilizar el renminbi, podría ser un paso natural y lógico que, además, encajaría dentro de la estrategia económica para conseguir el “sueño chino”. A cambio, Xi Jinping tendría que aceptar la liberalización total de su moneda, abrir sus mercados de capitales y permitir la inversión extranjera, no solo directa sino en cartera. Aunque sí puede estar desarrollándose un “socialismo con características chinas”, parece mucho más complejo (y tal vez imposible) un “sistema cambiario libre con características chinas”.

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